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ActualizadasPosadas: 3 imperdibles gastronómicos y un bonus sobre la Costanera
Sobre la costanera, frente al Río Paraná y de cara a Encarnación, del otro lado de las aguas, se alzan decenas de restaurantes y ofertas gastronómicas variadas. Como ocurre siempre en las ciudades que orillan un río, Posadas no es la excepción. Pero estas ciudades, muchas veces tienen calle adentro las mejores cocinas, las mejores barras.

Un tip de viaje: hay que animarse a salir de los circuitos turísticos. Así llegamos a Poytava, el restaurante por pasos de Saúl Roberto Lencina, finalista del premio Barón B 2021; a Hevristika, donde la bartender, Verónica Báez, se luce cada noche con sus tragos de autora; a Santa María, el restaurante del Hotel Boutique Batista, un lugar que fusiona bien gastronomía de autor con cocina misionera. Y también llegamos a Caburé La familia, el puesto donde Carla Arriola ofrece el típico caburé regional, en el cuarto tramo de la costanera posadeña Monseñor Kemerer.

Poytava, la casa del chef
En 2011, Saúl Roberto Lencina y María de los Ángeles De Muro empezaron con un proyecto que, recién hoy, 15 años después, tiene la forma de lo que siempre habían soñado. Poytava, más que un restaurante a puertas cerradas, es un mundo que combina varias cosas a la vez. Una extensa mesa que se comparte con otros comensales en el barrio Miguel Lanús; un menú por pasos donde la biodiversidad comestible es protagonista, platos a base de hongos, yuyos y frutas de estación; la línea de conservas Manboreta, a base de frutas nativas como pitanga, jabuticaba, guayaba, moras, y también hongos, todo en formato de mermelada, almíbar o escabeche.

Poytava también es el libro Hongos de Misiones, diseñado por María de los Ángeles, una guía del recolector que acompaña en el búsqueda de doce especies de hongos con fichas técnicas y fotos para identificar; y las jornadas de “setería” o salidas de reconocimiento mitológico donde diversos grupos, junto a Saúl y María de los Ángeles, salen con una canasta a buscar hongos por la provincia de Misiones. Poytava es un universo.

Alguna vez, y con éxito, estuvieron en la costanera, frente al emblemático Monumento Andrés Guacurarí, más conocido como Andresito. Pero no era el lugar: “Fuimos desencontrándonos con lo que estábamos haciendo, sacando mesas y sillas, y fuimos perdiendo plata porque el lugar era grande. Pero también fuimos decidiendo; eligiendo qué queríamos hacer, cuando ya no queríamos ir”.

Para Saúl era raro no querer ir más a cocinar, porque su deseo siempre había sido cocinar para la gente. Tal vez no así, o no de esa manera. “Siempre soñé con tener una mesa, que se siente a alguien, cocinarle, punto”.
En noviembre de 2023, Poytavá llegó al barrio Miguel Lanús, a 20 minutos del emblemático Andresito. En el frente de la casa, o restaurante a puertas cerradas, hay un jardín que podría verse como un íntimo homenaje -yuyos, plantas, hierbas, flores, todo comestible- que Saúl y María de los Angeles le dedican al monte misionero. “Para nosotros ”Monte" (uno de los platos que ofrecen) también es cocina guaraní acomodada y linda, porque un guaraní come frutas, come yuyos…”, explican. La cultura guaraní es el corazón de ese universo llamado Poytava.

En este restaurante hay que reservar lugar. Hay que tocar el timbre, sentarse a la mesa y entregarse al menú de Saúl que, en 2021, fue finalista del premio Barón B por su vorí vorí: caldo de gallina con bolitas de harina de maíz, elaborada por ellos mismos con maíces nativos.

En los pasos del menú puede haber mamón con queso, reversión del típico queso y dulce misionero, con queso ahumado en hierbas y yerba con mamón en pickle; mbejú, pescado y chutney, mbejú tradicional (mandioca fermentada, sin lácteos), pacú ahumado con centro de yuyos silvestres, y chutney de ubajai; monte, yuyos, frutas nativas y flores como jabuticaba, pitanga y guayaba, y vinagre de pitanga; hongos y Kiveve, puré de zapallo al horno de barro, con maíz, leche, miel y queso. Hongos silvestres de recolección, Oudemansiella, Phlebopus, Macrolepiota, Suillus y salsa fondo de hongos.

Av. Las Palmeras 1693. Almuerzo y cena con reserva previa.
IG: @poytava13.
Hevristika
Hevristika significa, “¡Lo he encontrado!”. Y vaya si lo hicieron: Hevristika es el Bar de alta coctelería y Academia de tragos de Verónica Báez, bartender creadora de tragos, y Sofía Lagier, bartender, aunque dedicada a la parte empresarial de la marca.

Abrieron en 2025, en un local situado en la calle San Martín, del barrio Regimiento, y es una novedad para Posadas, un lugar con absoluto encanto por sus luces tenues verdes y azules, sus frascos de fermentos sobre el mostrador, y un mural empapelado con fotos de mujeres icónicas, cantantes, activistas, estrellas pop.

“Tal vez no necesito un final feliz. Tal vez solo necesito un Cosmopolitan bien hecho”, es la frase que presenta el trago favorito de Carrie, el personaje principal de Sex and the city.

La carta combina tradicionales como un Negroni “…que no se improvisa. Se invoca. Se honra. Se reza”, un whisky Sour, -“Espuma justa. Acidez filosa. Golpe suave. Nuestro Whisky Sour no se explica”- y creaciones propias en igual medida. Goloso: tequila infusionado con garrapiñada, triple sec y limón; Aquelarre: vodka, yacaratiá, kéfir, hibiscus, melado y tónica; Puro Chamuyo: whisky bourbon, quinoto, triple sec, clarificado con helado.

En Hevristika también funciona una academia de bartenders, laboratorio creativo donde la biotecnología y el foodpairing -estudio de moléculas aromáticas y la combinación entre ellas- se aplican al arte y técnica de mezclar bebidas, fermentos y botánicos.

Al finalizar el curso, se realizan competencias de tragos de donde surgen revelaciones como el Misa misa, de Mercedes Cañete, ex alumna, hoy bartender, un trago color negro con pineral, licor 43, cordial de durazno, jugo de limón y carbón vegetal; o el Rengoku, de John Dixon, hecho con cordyceps, un tipo de hongo con gusto especiado y chocolatoso.

San Martín 2490. Miércoles, jueves y domingo de 20 a medianoche. Viernes y sábados de y de 20 a 2.
IG: @hevristika
Restaurante Santa María
El restaurante del Hotel Boutique Batista está ubicado a una cuadra y media de la estación de ómnibus, y le debe su nombre al Municipio de Santa María, a 110 kilómetros de Posadas, donde se encuentran las Ruinas Jesuíticas de Santa María la Mayor, declaradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Además, Santa María fue el lugar adonde arribó la familia Batista, que viajaba desde Brasil.

El restaurante ofrece una propuesta delicada y personal que fusiona cocina misionera y cocina de autor. Hay tres chefs que trabajan en los diferentes turnos, elaborando platos que respetan la estacionalidad de los productos.

El lugar es austero, casi minimalista; pocas mesas vestidas con manteles blanquísimos, que dan al jardín interno, vertical y exuberante del hotel.

En la carta se pueden encontrar platos como el roll de surubí con salsa de maracuyá y verduras confitadas; gran surubí Paraná con papas natural; o un grillado de mandioca. También hay carnes y pastas. Un imperdible, el postre Regional Santa María: crocante de madera, con bocha de helado y yacaratiá en almíbar.

Av. Santa Catalina 5873. Lunes a domingo de 12 a 15 y de 19.30 a medianoche.
IG: @santamariaposadas
Caburé La familia
Carla Arriola tiene 31 años y empezó a cocinar a los 16. Es la tercera generación de la familia y aprendió viendo a su madre y abuela hacer el mismo caburé que, con algunas variaciones, vende hoy en sus dos puestos, uno sobre la costanera y otro sobre Avenida Jauretche.

“Esto viene de herencia. Fue pasándose la receta y fuimos cambiando algunas cositas; si bien son los mismos insumos, uno cambia en las proporciones”. El caburé es una preparación a base de almidón, leche, huevo, queso y manteca. Con esos ingredientes se consigue una masa que se extiende y prensa alrededor de un palo de hierro, que luego se pone sobre las brasas. El palo se gira hasta dar con la cocción justa del caburé.

La familia se especializa en elaborar caburés rellenos: jamón y queso, salame y queso, gratinado de carne cortada a cuchillo. “Hago una carne mechada con verduras en una paellera, y eso le da un toque espectacular”, dice Carla. Además, venden otras preparaciones a base de almidón: sopa paraguaya, mbejú, tarta de choclo, chipa so’o (con carne) y chipitas. Se recomienda llegar al puesto, elegir qué degustar y sentarse a comer sobre uno de los banquitos frente al Río Paraná.
Costanera Ex Estación de tren. Lunes a domingo, de 15 a 23.
Avenida Jauretche, 2 puesto. Lunes a domingo, de 6 a 10 y de 15 a 20.
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La nueva radiografía de los argentinos: entre el ajuste del bolsillo y el boom de los tratamientos para bajar de peso
En un escenario económico marcado por la volatilidad y la incertidumbre, el comportamiento del consumidor argentino está mutando hacia un nuevo perfil: el “consumidor inmediatista”. Se trata de un consumidor que se caracteriza por la búsqueda de resultados rápidos, respuestas listas y beneficios tangibles en todas las áreas de su vida.
Así lo exhibieron los resultados del estudio Consumer Pulse 2026, realizado por la consultora Bain & Company. Y a la hora de analizar los datos, Alejandro Pérez De Rosso, responsable de la oficina local, destacó un punto: bajo la superficie de la crisis, operan transformaciones sin precedentes.
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De acuerdo con el estudio, el ánimo promedio del consumidor empeoró este año. En la Argentina, el sentimiento respecto a los últimos tres meses es mayoritariamente pesimista, con una preocupación central: las finanzas personales son la fuente número uno de estrés para el 59% de los encuestados.
Sin embargo, según el especialista, persiste una dualidad curiosa. “Me preocupa mucho el presente y miro el futuro con optimismo, entonces siempre se ve ese doble rojo, verde, rojo verde”, explicó Pérez De Rosso sobre la perspectiva a cinco años, donde la mitad de la población aún cree que el país estará mejor. Este optimismo -indicó- futuro convive con un presente de ajuste, donde el 30% de los consumidores de bajos ingresos temen no poder pagar sus cuentas.
La revolución GLP-1 y el cuidado del cuerpo
La creciente penetración de los medicamentos para bajar de peso fue uno de los puntos del estudio: en la Argentina, el uso de medicamentos GLP-1 alcanza al 31% en los sectores de ingresos altos. Según Pérez De Rosso, “esto no es una tendencia pasajera y menor... llegó para quedarse”.
Estos tratamientos simulan la hormona GLP-1 (péptido similar al glucagón tipo 1), para ralentizar la digestión y enviar señales de saciedad al cerebro. Utilizados inicialmente para el control de peso en personas con diabetes tipo 2 y obesidad, vieron luego extendido su uso.

Este fenómeno -indicó Pérez De Rosso- está “limpiando” las góndolas y redefiniendo categorías enteras. El especialista explicó que los usuarios de estos tratamientos reducen drásticamente el consumo de postres, snacks y alcohol, volcándose hacia alimentos frescos y, especialmente, proteínas. “Se le está metiendo proteína a todo... el ya ponerle el labeling de alta proteína ya te dispara ventas”, señaló el ejecutivo, y destacó cómo productos como el yogur o incluso fideos están adaptando su oferta.
Además -señaló-, el impacto es colateral: al sentirse mejor con su cuerpo, este consumidor gasta más en gimnasios, ropa y maquillaje. “Haber pasado por este tratamiento o estar en este tratamiento te acelera un montón de las tendencias”, afirmó.
Inteligencia artificial y el nuevo comercio
De acuerdo con el estudio, la tecnología es el otro gran pilar del cambio: el 70% de los argentinos ya utiliza herramientas de Inteligencia Artificial (IA). Y aunque todavía existe una barrera de confianza para finalizar transacciones directamente con agentes de IA, se observa un entusiasmo creciente en las etapas de investigación y comparación de precios.
En esa línea, Pérez De Rosso destacó el auge del “comercio conversacional” a través de WhatsApp y redes sociales, canales que ganan terreno frente a las aplicaciones tradicionales.
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“Eso baja mucho las barreras de la gente de bajos ingresos que no se bajó la app... porque es una conversación”, explicó. Y señaló que la IA permitirá una hiper-personalización donde el agente conoce el consumo del usuario y le recomienda productos de forma directa.
La pelea por la lealtad
En un contexto de bolsillo apretado, los programas de fidelización no quedaron fuera de foco. Según el informe, en promedio, los argentinos están inscriptos en 6,6 programas y para el 50% de los consumidores, pertenecer a un programa de lealtad es un factor clave para decidir dónde comprar o qué tarjeta utilizar.
“Ganar esta pelea del programa de lealtad creo que es un elemento importante”, advirtió Pérez De Rosso. En ese sentido, explicó que las empresas están respondiendo con una segmentación “recontravanzada” y descuentos basados en geolocalización, alejándose del “festival de puntos” masivo del pasado para ofrecer beneficios inmediatos y tangibles que el consumidor actual demanda.
Para las empresas -advirtió-, el desafío es claro: innovar en el portafolio de productos para atender la demanda de salud y longevidad, mientras se garantiza una ejecución comercial quirúrgica para capturar a un consumidor que no está dispuesto a esperar.
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La nueva SUV de Lexus y la estrategia de la marca para ganar mercado: ¿un nuevo sedan?
La marca japonesa Lexus presentó en la Argentina dos novedades con las que busca reforzar su estrategia dentro del segmento premium electrificado. Por un lado, lanzó el nuevo RZ 500e, el primer vehículo 100% eléctrico de la compañía en el mercado local. Por otro, actualizó el IS 300h, el sedán deportivo híbrido de la marca, con cambios en diseño y equipamiento.
Una marca de lujo creó al deportivo más extremo que acelera “como un misil”
El RZ 500e Luxury es un SUV eléctrico del segmento E desarrollado sobre una plataforma específica para vehículos con este tipo de motorización. El modelo incorpora dos motores eléctricos —uno en cada eje— que entregan una potencia combinada de 380 CV y trabajan junto al sistema de tracción integral DIRECT4, encargado de distribuir el torque entre ambos ejes según las condiciones de manejo.

La batería es de ion-litio y tiene una capacidad de 74,69 kWh. Según informó la marca, ofrece una autonomía aproximada de hasta 450 kilómetros. Además de alimentar los motores, su ubicación bajo el piso permite bajar el centro de gravedad y mejorar la rigidez estructural del vehículo.

En términos de equipamiento, el SUV incorpora una pantalla multimedia táctil de 14″, conectividad inalámbrica con Apple CarPlay y Android Auto, sistema de audio Mark Levinson, climatizador bizona, techo panorámico y llantas de 20″.
En seguridad suma el paquete Lexus Safety System +, que reúne múltiples asistencias a la conducción como control crucero adaptativo, mantenimiento de carril y sistema de precolisión, entre otras.

El nuevo RZ llega importado desde Japón y figura a un precio de US$106.100. Además, la marca informó que incluirá dos cargadores: uno domiciliario de pared de 7 kW con instalación y otro de emergencia de 2 kW.
El rediseño del IS 300h
La segunda novedad es la actualización del IS 300h, el sedán deportivo híbrido de la marca. El modelo mantiene su esquema híbrido autorrecargable compuesto por un motor naftero 2.5 litros asociado a un propulsor eléctrico, con una potencia combinada de 223 CV y transmisión automática e-CVT.

Se ofrecerá en dos versiones: Luxury y F SPORT. La primera prioriza el confort y el refinamiento, mientras que la variante F SPORT suma una configuración más orientada a una conducción dinámica, con detalles específicos de diseño, suspensión diferenciada, pedalera deportiva, levas al volante y butacas con mayor sujeción lateral.

Ambas versiones incorporan una pantalla multimedia de 12,3″, sistema de audio Mark Levinson, asistencias avanzadas a la conducción y un paquete de seguridad similar al del nuevo RZ.

Los precios anunciados para el mercado local son de US$64.100 para la versión Luxury y de US$66.500 para la variante F SPORT. Tanto el nuevo RZ como el renovado IS 300h cuentan con garantía transferible de 10 años o 200.000 kilómetros.
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Leonardo Padura: “Cuba necesita cambiar porque los cubanos lo piden”
La visita de Leonardo Padura a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde presentó Morir en la arena, su última novela, coincidió con una época apremiante para la Cuba natal del escritor, criado en el barrio habanero de Mantilla, donde eligió vivir pese a las dificultades de la isla. De sus dieciséis libros publicados –obra profusa que incluye guiones de películas y hasta adaptaciones al formato de Netflix–, en este, su último título, no hay diáspora ni detectives melancólicos al estilo de su personaje serial Mario Conde; tampoco reconstrucción histórica como el asesinato de León Trotsky, que abordó en El hombre que amaba a los perros (2009), pero sí acontecimientos reales de color truculento, atados al contexto sociopolítico del país.
Constancia de su cubanidad vivida punta a punta –de la revolución al vilo de hoy–, estas nuevas páginas enfocan, en palabras del autor, “a los golpeados, los comunes y corrientes, no por haber cometido crímenes deleznables o grandes equivocaciones, sino solo por haberles tocado vivir en su tiempo y espacio”. En ellas habla de un miedo que considera tan ubicuo como invisible: “Una sensación que nos circulaba por la sangre, integrada a nuestra vida, y por eso no nos incordiaba”.
Quienes encarnan las seis décadas en las que transcurre el relato son centralmente Rodolfo –un septuagenario abrumado por carencias, que combatió en Angola, fue leal al régimen, pero llega herido de frustración a esa orilla implícita del título– y Nora, antes promisoria y honrosa militante revolucionaria, luego echada de la universidad, marginada por díscola, dada su convicción de justicia contra la arbitrariedad oficial. Alrededor de ellos, no solo fluye la política pública, sino también la política de las familias. La que privilegia, segrega, acompaña, abandona.
Morir en la arena se ubica en una casa donde conviven asuntos fantasmagóricos e inflamables; el ron que nunca alcanza; las remesas desde el extranjero, que tampoco; los cortes de luz; la idea de que lo peor aún está por llegar; los ecos de un parricidio con aire alegórico; Cuba dentro y Cuba fuera.
Padura –premio Princesa de Asturias, Dashiell Hammett, Roger Caillois, entre otros– sigue narrando una intimidad que refleja una memoria colectiva. Recoge, sin edulcorar, lo bueno y lo malo; es crítico, piadoso, admirador de su país. Sostiene una posición incómoda y genuina. No es oficialista, no es opositor, no es exiliado. Destaca la soberanía cubana, los logros sociales históricos, la potencia cultural de su pueblo y la posibilidad de un cambio que, como la revolución de 1959, provenga del interior nacional.
-En Morir en la arena usted vuelve a un procedimiento muy propio, que es contar el país a partir de ficciones particulares. Pero también incluye elementos reales de una historia cercana a su propia vida.
-Mira, para mí el principio de una novela es establecer para qué voy a escribirla. Y el para qué, en este caso, era hablar del desenlace: del final de una generación, más precisamente de la mía. De quienes entran en la tercera edad totalmente vulnerables, quizá siendo aun más pobres que nunca antes. Quienes dependen de una jubilación escasa y aplican estrategias de supervivencia; buscarse oficios colaterales, convertirse en jardineros, personal de limpieza, custodios, o depender de la buena fe de los hijos que viven en el extranjero y les mandan alguna ayuda; eso que Rodolfo llama “donaciones”. Para escribir esa historia empecé por crear personajes como él, como Nora. Pero la novela no despegaba. Entonces me dije: lo que falta es drama. Y encontré un motor dramático clave en la historia de un parricidio real ocurrido en una familia cercana a la mía. Conocer a todos los personajes involucrados en esa tragedia me sirvió para darle ese conflicto mayor al relato.
-Entonces, usted se propuso escribir para hablar de su generación…
-Exacto. Después entró el motor dramático que movía ese para qué y, todavía después, el proceso histórico que fundamentaba ese motor dramático y ese para qué. Que es un recorrido, un barrido por nuestras vidas desde los años 60 hasta el presente. Están estos personajes que se conocen en la escuela primaria, cuando tienen 10 años y que atraviesan distintas etapas, distintos momentos significativos de la historia de mi generación. Los estudios, el conflicto de Nora en la universidad, Rodolfo y la guerra de Angola, la caída del muro de Berlín, un asesinato intrafamiliar y lo que esto desata… Toda una combinación entre propósitos sociales y una historia real que podía contar transformándola, buscando las razones para que esa historia y que esa razón social formaran parte de lo mismo.
-La novela presenta dos hechos notablemente opuestos: el parricidio y el “amor otoñal”, como usted ha definido. ¿Estos elementos son también metáforas de algo colectivo o histórico?
-No pensé en el parricidio con una perspectiva simbólica, sino porque encontraba su función en la novela. Por supuesto, tú y los lectores en general pueden darle otras connotaciones; la literatura es un sistema abierto. Proust lo decía muy claro: cada lector es una novela distinta, porque desde tu propia experiencia y tus propias expectativas, tú completas el relato. Por la parte del amor, pues sí, hay algo de lo que dices. Estos personajes están atravesando un túnel al final del cual hubo una luz que ya se apagó, e incluso ya no se ven las paredes del túnel, pero el hecho de que a una edad ya adulta puedan encontrar en una relación personal, íntima, un sentido para la vida –que es muy importante porque, como sabemos, una de las enfermedades sociales de estos tiempos es la soledad de los viejos– sí tiene un aspecto simbólico: la redención, el perdón, la libertad. Ese amor es un acto de redención; redimere, originalmente aplicaba al esclavo que lograba comprar su libertad; la redención es, en esencia, liberación de uno mismo.
-Morir en la orilla también refiere la adversidad de autores emblemáticos cubanos como Heberto Padilla, José Lezama Lima o Virgilio Piñera, castigados por la Revolución. ¿Esto lo afectó en su propia carrera?
-Esa política cultural en su esencia no ha cambiado, pero han cambiado los métodos. En los años 70 todas las editoriales, las salas de exposición, los teatros, las salas de cine eran del Estado. Es decir que como artista tú podías hacer tu obra, pero si el Estado no te abría las puertas, esa obra nunca circulaba. En los 90 se acaban los cines, no hay electricidad, no hay papel –lo primero que escasea, que hasta entonces venía de la Unión Soviética– y se abre un espacio entre creadores e instituciones privadas: ese fue un espacio de libertad. Fue el momento en que empezó a ser posible, por ejemplo, algo que no ocurría antes y es que yo publicara mi libro fuera de Cuba gracias a Tusquets, una editorial extranjera. Pasado perfecto, la primera novela del personaje de Mario Conde, recién pude publicarla en México.
-¿La propia crisis, dice usted, abrió ese espacio?
-Claro. En los 70 a mí no se me hubiera ocurrido escribir una novela como Pasado perfecto o Vientos de cuaresma o Máscaras, ninguna de las de Conde, y mucho menos una novela como la actual. No había espacio mental para que eso ocurriera. Ni hablar de El hombre que amaba a los perros, que, por cierto, ahora sí: tiene dos ediciones oficiales en Cuba, del Instituto del Libro. Pero mis últimos seis libros no han sido publicados en mi país, aunque circulen en versiones digitales, piratas. Y, a su vez, estos libros me han permitido seguir viviendo en Cuba, escribiendo en Cuba, aun siendo bastante poco visible. No salgo en los periódicos, no salgo en la televisión ni en la radio.
-Se da entonces la paradoja de que usted es un autor muy leído en Cuba, pero sin presencia en los medios públicos, sin promoción y sin editorial local: un parámetro genuino del interés del lector, porque a su vez los libros que más se copian digitalmente es porque realmente se leen.
-Así es, se leen sin promoción pública alguna. El otro día di una conferencia como académico en la Academia Cubana de la Lengua, de la que se está cumpliendo el centenario. Era una exposición puramente técnica, acerca de cómo se escribe una novela, pero dado que hay ahora un problema de transporte muy grave en Cuba, estamos casi sin transporte público, pensamos que iban a ir unas 60 personas. Pues fueron 200. También di hace poco una charla sobre la obra de Mario Vargas Llosa, para hablar de mi relación con él, de nuestros encuentros personales, y se llenó el lugar. Evidentemente la gente sí me conoce. Ahora, ¿qué pasa? Existen las redes sociales, que ni siquiera existían en los años 90 cuando yo empecé a escribir mis novelas.
-¿Es activo en redes?
-No, no tengo ninguna red social. Ninguna. Se que existen algunos grupos de seguidores de mi obra y esas cosas, pero yo no tengo ninguna, ni planeo tener.
-¿Participó del entusiasmo revolucionario de los primeros tiempos, en los sesenta?
-Fui una persona normal en el contexto; participé de las cosas que había que hacer, fui al campo a cortar caña, tuve esta mano en carne viva del machete (muestra la palma derecha) a los 15 años de edad, cuando la “Zafra de los 10 millones” [intento económico y simbólico de la Revolución: producir 10 millones de toneladas de azúcar]; estuve un año en Angola como periodista, participé de cada cosa como un ciudadano. Pero no fui militante de la juventud ni del partido. Nunca fui militante de nada, soy ateo, tampoco me hice masón, como mi padre, masón inveterado, hubiera querido. He tratado de mantener mi independencia en casi todo, siempre.
-La Argentina fue uno de los pocos estados que en 2025, rompiendo su habitual alineamiento con el mundo en este sentido, votó en Naciones Unidas a favor de la continuidad del bloqueo estadounidense ¿Se habla de esto en la Isla? ¿Le merece alguna opinión?
-Sí, se divulgó mucho esa noticia, porque el “embargo”, como lo llaman algunos, es una realidad y es una losa sobre la economía, la vida y la sociedad cubana que causa mucho sufrimiento. Con respecto a la decisión argentina, a mí no me gusta hablar de la realidad de un país en que no vivo, porque hay sutilezas que uno no domina y podría equivocarme. Para Cuba, por otra parte, la Argentina es un referente en muchos sentidos más allá de lo político. No solo es el país del Che, sino también de Gardel, de Libertad Lamarque, de Bioy Casares, o qué decir de dos autores que están en mi canon personal, como Osvaldo Soriano y Manuel Puig, además de los contemporáneos; Guillermo Sacomano, Juan Sasturain, Claudia Piñeiro, que me gustan muchísimo.
-Bueno, aunque prefiera no hablar de la realidad argentina, déjeme decirle que nosotros tenemos como presidente a un hombre que también ama a los perros.
-¿Sí? ¿Cómo Ramón Mercader? ¡Con todo lo que eso significa!… (sonríe)
-En los últimos meses, la presión de Trump pasó de bravuconadas a acciones puntuales que acorralan aun más a Cuba y ponen a sus compatriotas en el límite de la supervivencia. ¿Qué vislumbra para el futuro inmediato?
-Las declaraciones de Trump ponen sobre la mesa todos los escenarios posibles, desde el de cambiar para que no cambie nada, como decía Il Gatopardo, hasta una intervención militar. A nuestra crisis sistémica se ha sumado una presión externa muy fuerte que ha impedido incluso la llegada de combustible. ¿Va a pasar algo? Tiene que pasar algo. El gobierno cubano está haciendo algunos cambios; hay que reconocérselos. Cuba necesita cambiar, pero no porque le pongan una pistola en la cabeza, sino porque los cubanos lo piden. Está todo por hacer: hay que crear condiciones para crecer verdaderamente. Se están adoptando leyes que pretenden que esto ocurra. Todavía hay suficiente inteligencia y generaciones muy bien formadas.
-El Hombre que amaba a los perros le llevó, según sabemos, cinco años de trabajo ¿Qué le diría a quienes escriben con relación a ese esfuerzo que implica la narrativa en proyectos de largo aliento?
-La novela es un género particular: el escritor que la empieza y el que la termina son dos personas distintas. En ese proceso pueden pasar años; y ahí es donde interviene la disciplina de trabajo. Yo creo que hay que aplicar rutinas, aunque esta sea una palabra muy fea para el arte, hay que establecer coherencia con respecto a cómo organizas tu vida. El novelista no puede ser un escritor de fin de semana. Morir en la arena me llevó dos años de escritura, pero la empecé a pensar, a trabajar mentalmente, desde mucho antes. De hecho, ahora mismo estoy empezando una novela y todavía no la estoy escribiendo; sin embargo, todos los días la estoy pensando: así empieza el proceso. El otro día me di cuenta de que hay un personaje que viene del pasado hasta el presente y pensé, ¿cómo voy a plantar ese personaje? Me di cuenta de que tengo que construirlo. Es decir, concebir mentalmente una vida previa de ese personaje para que luego se inserte en la historia. Y eso lo descubrí sin estar escribiendo, aunque mentalmente sí lo estaba haciendo.
-Muchos de sus personajes llegan a la edad que usted tiene ahora como con algo incumplido, pendiente, que no pudo concretarse. ¿Es también su caso?
-Sí, claro. No he podido escribir una novela como Conversación en la Catedral o Cien Años de Soledad. Pero conservo la ambición. Si el escritor la pierde, pues lo mejor que puede hacer es dedicarse a dar conferencias, a escribir ensayos, a parecer inteligente. También me hubiera gustado tener una casa frente al mar, y no la tengo. Me hubiera gustado, cuando tenía 20 años, haber estado viviendo en un altillo en París. Y entonces ni siquiera me lo planteé como una posibilidad porque era un sueño imposible. Pero he tenido, gracias a la literatura, una vida que me permitió conseguir cosas que ni siquiera imaginé. Los libros me han devuelto muchas satisfacciones. Ayer fuimos a comer a una pizzería que se llama Guerrín. Y tuve que sacarme fotos con cuatro personas distintas, con lectores. Creo que esas son muy bonitas recompensas. O que gente –por ejemplo, con Como polvo en el viento me pasó mucho– se acercara a decirme “en esta novela has contado mi vida”.

UN NOVELISTA DE PULSO FIRME
PERFIL: Leonardo Padura
Leonardo Padura nació en La Habana, en 1955. Vive en Cuba. Estudió literatura latinoamericana en la Universidad de La Habana y en sus comienzos se dedicó al periodismo, donde fue jefe de redacción de La Gaceta de Cuba.
La mayor parte de su obra está dedicada a las novelas policiales, aunque su libro más exitoso a nivel internacional, El hombre que amaba a los perros, está dedicado a León Trotsky y a su asesino, Ramón Mercader. Entre sus historias negras, protagonizadas por el inspector bibliófilo Mario Conde, se incluyen Adiós, Hemingway (2001), La neblina del ayer (2005) y La transparencia del tiempo (2018).
Escribió además las novelas Herejes y Personas decentes. Acaba de publicar Morir en la arena (Tusquets)
Entre otros galardones, recibió el Princesa de Asturias en 2015, en España; el Premio Nacional de Literatura de Cuba, en 2012, y la Orden de las Artes y las Letras que otorga Francia.
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Una encíclica para tiempos de inteligencia artificial
Celebrando el famoso documento del papa León XIII titulado Rerum novarum (mayo de 1891), el actual pontífice, quien tomó de él el nombre, hizo pública su primera encíclica Magnifica humanitas para retomar las reflexiones sobre la doctrina social de la Iglesia en la problemática contemporánea. Se presenta como un documento “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial” y parece prometer un marcado interés más allá de los fieles católicos. Escrita con un lenguaje claro, firme y respetuoso, se propone llamar la atención frente al gran desafío personal y social que comporta el auge de las nuevas tecnologías. Afirma el Papa: “En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA”. En la presentación lo acompañó también Chris Olah, joven gurú de la IA.
Con abundantes citas a personajes clásicos y de nuestro tiempo, León XIV recuerda muchos textos de su predecesor Francisco y de numerosas otras personalidades: hombres y mujeres de diferentes disciplinas y épocas, como Platón, Tomás de Aquino, Víctor Frankl, Hannah Arendt o Tolkien, entre otros. Desde una esperanza que reclama discernimiento y responsabilidad por parte de todos, la carta cuenta con una valiosa introducción que invita a la lectura y llama a edificar el bien común con una voz “humilde pero firme”, porque cada uno puede y debe ofrecer su contribución en esta crucial tarea. También recomienda evitar “palabras que humillan” y acabar con las guerras en curso que tanto sufrimiento y dolor provocan a millones de personas, incluyendo niños, mujeres, ancianos y enfermos.
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Heidegger, un pensador siempre actual ante el dilema de la técnica
Cuando el 26 de septiembre de 1969 Martin Heidegger cumplió ochenta años, Hannah Arendt, su discípula y amante, exiliada en los Estados Unidos poco después de que el Tercer Reich iniciara su conquista de Europa, celebró con un mensaje difundido por radio el “oficio de maestro” y la “influencia extraordinariamente duradera” del autor de Ser y tiempo.
Sin embargo, además de subrayar “un pensamiento apasionado en que el pensar y el estar vivo son una y la misma cosa”, en aquella ocasión Arendt enfrentó sin hipocresía, y exponiéndose a críticas muy duras, como recuerda Thomas Meyer, su biógrafo, la larga tempestad pública y privada desatada alrededor de la figura de Heidegger desde que en 1933 había cedido a “la tentación de intervenir en el mundo de los asuntos humanos”. Durante diez meses, el gran pensador alemán había asumido el cargo de rector de la Universidad de Friburgo y “se acercó a los nacionalsocialistas para atraerlos en su dirección”, como escribe Peter Trawny, un especialista alemán en su obra, a propósito de la pronta decepción del filósofo.
Desde entonces, aquel que se acerca a Heidegger sigue obligado a atravesar “el muro de llamas del recelo”, como lo llamó Peter Sloterdijk, “sin tener de antemano la certeza de que lo que pueda descubrir al otro lado del fuego merezca el esfuerzo”. Y es por eso que quizá la única línea de partida para evaluar la vigencia de Heidegger a cincuenta años de su muerte, el 26 de mayo de 1976, sea imaginar otro mensaje al estilo de Arendt, es decir, una mirada capaz de reconocer tanto su grandeza intelectual como su responsabilidad histórica.
Respecto de lo primero, por mucho que irritara a quienes prefirieron ver en la apuesta por provocar un reinicio del pensamiento apenas una “jerga de la autenticidad”, es indudable que Heidegger continúa proyectando reflexiones, influencias y debates desde hace un siglo con muchísima más vitalidad que sus detractores, cuyas pálidas obras sobreviven apenas bajo la exclusiva respiración artificial de las bibliografías y los programas académicos. Ya sea que se trate del efecto en el psicoanálisis de Jacques Lacan a través de las meditaciones heideggerianas sobre el lenguaje, de las reflexiones políticas de Hannah Arendt a partir de la noción ontológica del “acontecimiento” o incluso de los ecos en la arquitectura gracias a sus ideas sobre el construir y el habitar, de a poco el pensamiento heideggeriano irradió su poder hacia disciplinas de lo más diversas. Aunque es en el agitado territorio de la filosofía de la técnica donde Heidegger, a veces a escondidas entre las discusiones inmediatas sobre internet, cibervigilancia, clonación, peligro atómico, geopolítica, bioética o inteligencia artificial, impone su lucidez con mayor intensidad.
En su Carta sobre el humanismo publicada en 1947, cuando el mundo quedó dividido entre dos superpotencias, el capitalismo de los Estados Unidos y el comunismo de la Unión Soviética (una oposición hoy prorrogada por los Estados Unidos y China), Heidegger apuntó antes que nadie al fundamento técnico y metafísico de lo que, más allá de las diferencias ideológicas, constituye nuestro presente: la cibernética. Al reducir todo lo existente a información, advertía décadas antes de que la vida se rigiera por la producción y circulación sistematizada de datos controlados por algoritmos, el ascenso de la cibernética marcaría “el final de la filosofía y su disolución en las ciencias”, sellando “el olvido del ser”. Y como epílogo definitivo de esta intuición, en 1976 incluso dejó asentada la duda, cada vez más inquietante, acerca de si un sistema político como la democracia liberal sería capaz de tratar con tal escenario tecnológico.
El pensamiento heideggeriano delinearía así el modo de existencia al que los hombres, su lenguaje y su inevitable aspiración a la trascendencia son orientados, y tal vez sometidos, por el “emplazamiento técnico” de la modernidad. Al mismo tiempo, Heidegger inauguraría a través de su propia negativa a someterse a la lógica del rendimiento un nuevo pensar, dispuesto a permanecer “serenamente” atento al misterio oculto en la técnica. ¿Y si el develamiento de la verdad del ser, y por lo tanto de “lo que salva”, estuviera escondido, precisamente, en “el peligro” técnico que pretende limitar nuestra vida a la mera calidad del ente?
A partir de este dilema, ya fuera en favor o en contra, tomarían forma las ideas de autores agudos como Peter Sloterdijk, célebres como Byung-Chul Han, originales como Gilbert Simondon o ambiciosos como Yuk Hui. ¿Y acaso no se percibe ahora mismo, entre las ideas del Papa León XIV en la flamante encíclica Magnifica Humanitas, donde invita a cuestionar la voluntad de dominio mundial de quienes desarrollan la inteligencia artificial e intentan imponer sistemas de armas regidos por “agentes morales artificiales”, el aura de Heidegger y su célebre prevención de 1953 ante quienes “rinden pleitesía” a la falsedad de una “técnica neutral”, solo para mantenernos ciegos a “la esencia de la técnica”? La conexión no es tan extraña si se recuerda que, además de haber nacido como católico, Heidegger tuvo un fugaz paso juvenil como seminarista jesuita antes de cambiar la teología por la filosofía.

Respecto del nazismo, por otro lado, a pesar de la tarea inapelable de biógrafos como el alemán Hugo Ott, a cincuenta años de su muerte y tras la publicación de sus Cuadernos negros, el deseo de desacreditar a Heidegger como pensador y, en lo posible, destituirlo como el filósofo más importante del siglo XX en tanto que “insoportable” justificador intelectual del Holocausto, también persiste. Al menos entre quienes, como el francés Emmanuel Faye o la italiana Donatella di Cesare, por mencionar casos más recientes que el del chileno Víctor Farías, encuentran ante el supuesto “antisemitismo metafísico” de Heidegger un “silenciamiento difícil de quebrar”, como escribe di Cesare en Heidegger y los judíos.
Por supuesto, hay decenas de biografías, ensayos, novelas, películas y hasta historietas sobre Heidegger que desmienten tal “silenciamiento”. De todas maneras, en este punto de la discusión la historia política y ciertos especialistas entremezclan sus agendas personales e intereses para menoscabar a Heidegger, incluso, al interpretar las traducciones heideggerianas del griego de Heráclito (donde un mismo término, “pólemos”, puede ser un simple “estar contra el enemigo” o un incriminador “aniquilamiento”). Pero, ¿no es en verdad la espinosa naturaleza del vínculo entre filosofía y poder lo que continúa alterando a quienes piensan en cambiar el mundo?
Quizá sea Slavoj Žižek quien sintetizó la cuestión al explicar que “Heidegger es grande no a pesar de su compromiso nazi, sino a causa de él”. ¿Por qué? Porque solo después de tropezar con “la piedra del compromiso político” en 1933 le fue posible pensar, hasta las últimas consecuencias, el fundamento metafísico del nihilismo tecnocrático de la política y la sociedad contemporáneas. De ahí su provocadora descripción de Heidegger como el pensador que, al asumir desde la filosofía un compromiso político, dio “el paso correcto”, aunque “hacia el lado equivocado”.
Pero, considerando su aniversario, mejor ceder la última palabra al propio Heidegger: “Cuando se despierte en nosotros la serenidad para con las cosas y la apertura al misterio, entonces podremos esperar llegar a un camino que conduzca a un nuevo suelo y fundamento. En este fundamento, la creación de las obras duraderas podría echar nuevas raíces”.
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La caída de la natalidad, señal de una cultura debilitada
En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche recupera una antigua anécdota griega. Después de perseguirlo por mucho tiempo, el rey Midas finalmente logra capturar a Sileno, consejero de Dionisio, dios del vino. Entonces le pregunta cuál es el mayor bien para los seres humanos y Sileno responde con brutalidad: lo mejor es no haber nacido; lo segundo mejor, morir cuanto antes. Para Nietzsche, esa sentencia revelaba el fondo trágico de la cultura griega, la conciencia de que la vida está atravesada por el sufrimiento, el azar y la muerte. Pero lo decisivo no era solo que los griegos hubieran escuchado a Sileno. Lo decisivo era que habían construido una respuesta hecha de dioses, belleza, arte y tragedia. Sileno desafiaba. La cultura respondía.
La pregunta de nuestro tiempo es si todavía sabemos hacerlo. No porque el pesimismo sea nuevo; cada época tuvo el suyo. Tampoco porque haya personas que decidan no tener hijos por razones íntimas, legítimas y muy diversas. La novedad es que la baja de la natalidad se volvió masiva y persistente, y que tantas sociedades prósperas parezcan haber perdido el vocabulario público para responderle a Sileno. La caída de la natalidad no es solo una estadística demográfica ni una consecuencia automática de la economía moderna. Es, además, una señal cultural. Muestra que tenemos cada vez más recursos para calcular costos y riesgos, y cada vez menos palabras compartidas para afirmar que la vida vale la pena, que lo que vendrá merece ser habitado y que traer a alguien nuevo al mundo puede ser una forma radical de esperanza.
Los números son elocuentes. Según estimaciones recientes de Naciones Unidas y Our World in Data, la tasa de fecundidad global cayó de casi cinco hijos por mujer en los años 50 a alrededor de 2,3 en la actualidad. Corea del Sur llegó en 2023 al récord de 0,72 hijos por mujer y, aunque repuntó levemente desde entonces, sigue lejísimos del nivel de reemplazo. Japón envejece desde hace décadas. China, que durante años limitó los nacimientos por ley, ahora ofrece incentivos para revertir una tendencia que ya no controla. En Europa del sur, en los países nórdicos y en América Latina, la curva apunta hacia abajo. En la Argentina, los nacimientos caen y la fecundidad ya se ubica por debajo del reemplazo generacional. El dato demográfico, por sí solo, no alcanza para entender lo que está ocurriendo. La pregunta no es únicamente cuántos hijos nacen. Es qué nos dice una sociedad cuando el futuro empieza a ser imaginado como un lugar al que no vale la pena invitar a nadie.
La respuesta más inmediata apunta a factores económicos. Es cierto que los hijos son caros, que acceder a una vivienda propia es difícil y que el mercado laboral es inestable. Las decisiones políticas importan, desde licencias parentales reales y compartidas hasta sistemas de cuidado accesibles. Cuando formar una familia empieza a parecer una hazaña nadie debería sorprenderse de que muchos desistan. La economía, sin embargo, explica solo una parte. Corea del Sur lleva años invirtiendo en incentivos pro-natalidad con resultados limitados, y los países nórdicos, con algunas de las políticas familiares más generosas del planeta, están por debajo del nivel de reemplazo. Las condiciones materiales pueden aliviar o empeorar el problema. Lo que no pueden hacer por sí solas es crear una cultura capaz de afirmar el valor de los hijos, la maternidad y la paternidad.
En What Are Children For? On Ambivalence and Choice, las filósofas Anastasia Berg y Rachel Wiseman hacen una pregunta que los demógrafos y economistas no pueden responder del todo. ¿Por qué, en las sociedades más prósperas e igualitarias de la historia, tanta gente dejó de querer tener hijos? Berg y Wiseman no niegan las dificultades materiales ni romantizan la tarea de la crianza. Tampoco proponen volver a un tiempo en el que las mujeres no tenían alternativas reales fuera de la familia. Su punto es más interesante: cuando solo se puede hablar de los hijos en términos de costo y de riesgo se termina perdiendo algo esencial y esa perdida, aunque parezca intangible, tiene consecuencias demográficas.
A partir de Berg y Wiseman, la discusión puede formularse como un choque entre dos gramáticas: la del cálculo y la del don. El cálculo pregunta qué gano, qué pierdo, cuánto cuesta, qué parte de mi libertad resigno. El don nombra otra dimensión de la vida, lo que nos obliga a salir de nosotros mismos y vincularnos con algo que nos excede. Tener un hijo pertenece, en gran parte, a ese segundo registro. Ninguna planilla puede capturar del todo lo que está en juego. Sería absurdo negar el cansancio o los costos de la criar hijos. Pero sería igual de absurdo describir una amistad solo por el tiempo que consume, o el amor solo por los riesgos de rechazo que implica.
Esa reducción, hablar de los hijos solo en la gramática del cálculo, es el núcleo de la dificultad contemporánea. En el universo que analizan Berg y Wiseman, sectores educados, urbanos y seculares que moldean buena parte de la conversación cultural, los hijos se piensan y se hablan casi exclusivamente en términos de obstáculos: el cambio climático, el riesgo de guerras, la precariedad económica. Cada uno de estos factores existe y puede ser tomado en serio. El problema es lo que ocurre cuando ocupan toda la escena. Se produce una conversación extraña donde se habla de los hijos como activos financieros con alto costo de mantenimiento, como interrupciones de un proyecto de vida diseñado para ser libre o como víctimas anticipadas de catástrofes por venir. Queda poco espacio para hablar de ellos como un bien en sí mismo, una de las formas más exigentes de amor y compromiso que existen.
El vocabulario del don prácticamente desapareció de la conversación pública. Nos cuesta hablar de entrega, continuidad, gratitud o promesa. No porque esas palabras hayan dejado de significar algo, sino porque empezaron a sonar ingenuas, o peor, sospechosas. Ese lenguaje fue cedido, en buena medida, a tradiciones religiosas o conservadoras. Una vez cedido, se volvió difícil de usar para quienes no se reconocen en ese ideario. Del otro lado, la conversación pública secular defiende políticas de familia en términos de igualdad de oportunidades o sostenibilidad fiscal. Hay que invertir en la primera infancia, sostener la base demográfica, cuidar el sistema previsional. Todo eso es verdad y no alcanza. Una cultura que solo sabe justificar a los niños como inversión social o capital humano los reduce a su utilidad futura. Y eso no es tan distinto de hablar de ellos como carga.
El pesimismo civilizatorio como razón para no tener hijos tiene una genealogía larga. Tal vez el caso más extremo y más honesto es el de Imre Kertész. Sobreviviente del Holocausto y Premio Nobel de Literatura, Kertész escribió en Kaddish por el hijo no nacido una respuesta que se repite como letanía: “¡No!”. No a traer un hijo a un mundo capaz de Auschwitz. No a perpetuar una especie que produjo el genocidio a escala industrial. Kertész ha visto lo peor. Su “No” nace de la experiencia directa del horror.
Y, sin embargo, el “No” de Kertész, nacido del testimonio más extremo que puede dar un ser humano, es también una derrota. Dejarle a Auschwitz la última palabra sobre quienes podrían nacer es dejar que el horror defina el futuro además del pasado (esta es la postura de otro gran pensador judío, Emile Fackenheim). Si incluso el “No” de Kertész parece, en última instancia, una victoria póstuma del horror sobre la posibilidad de lo nuevo, entonces deberíamos mirar con más cuidado las formas contemporáneas en que el miedo al porvenir se transforma en argumento contra la natalidad.
Lo que cambió es la escala a la que el pesimismo adquirió el vocabulario de la virtud. No tener hijos ya no es una rareza ni una desgracia privada. Puede presentarse como un acto de responsabilidad moral: una forma de cuidar el planeta, de no exponer a nadie al sufrimiento, de no reproducir estructuras injustas. La realidad es que esa presentación depende de una condición que casi nunca se hace explícita. Solo si el futuro se reduce a una secuencia de emergencias, negarse a traer una vida puede parecer un gesto de cuidado. Es ahí donde el pesimismo se convierte en virtud. El horizonte se cerró tanto que ya no parece quedar nada bueno para ofrecerle a quien podría venir. Entonces la responsabilidad cambia de signo. Ya no consiste en mejorar el mundo que recibirán otros, sino en decidir que no haya otros para recibirlo. La decisión de tener un hijo parece cada vez más difícil de justificar porque el porvenir dejó de sentirse habitable.
Ahí también se quiebra el “sentido de nosotros”, esa ficción colectiva que el economista Ricardo Hausmann identifica como condición del desarrollo. Es una convicción frágil, siempre algo ficticia, y sin embargo, indispensable: navegamos juntos, los logros y los fracasos no son puramente individuales, y vale la pena hacer sacrificios por un mundo que otros van a habitar. Sin esa ficción, las democracias se vuelven más débiles, los sacrificios colectivos parecen imposibles y el horizonte de planificación se acorta hasta la parálisis. Por eso, aunque la natalidad no es idéntica a la democracia ni al desarrollo, toca la misma fibra. Cuando no hay horizonte creíble en común, se debilita la confianza en lo que, al fin y al cabo, es el proyecto más íntimo y más largo de todos.
Tener un hijo es, en ese sentido, un acto de fe práctica. No hablo de fe religiosa. Hablo de la esperanza de que el mundo en el que ese hijo vivirá tendrá suficiente bondad para justificar la apuesta; de que habrá otros dispuestos a cuidarlo junto con uno; de que su vida tendrá más valor que costo. Esa fe no elimina el miedo. Nadie decide ser padre o madre porque haya resuelto todas las incertidumbres. Lo hace, más bien, porque decide que no tendrán la última palabra. Esa fe no puede fabricarse con políticas públicas ni con incentivos económicos, aunque ambos importen. Requiere condiciones materiales, por supuesto. También exige la capacidad de articular por qué un hijo no es una carga ecológica ni una víctima anticipada del próximo colapso. Es, en cambio, algo más antiguo y más difícil de formalizar: una refutación encarnada e irrevocable de la sentencia de Sileno.
El desafío, entonces, no consiste en moralizar decisiones privadas ni en convertir la natalidad en una causa nacionalista. La decisión de no tener hijos responde a historias personales y no necesita justificarse ante nadie. Tampoco consiste en regresar a grandes narrativas afirmativas que muchas veces sirvieron para ocultar desigualdades o imponer modelos únicos de vida. Pero una cultura que solo sabe sospechar de sus afirmaciones termina indefensa frente al desafío de Sileno. Puede denunciar injusticias, calcular riesgos, proyectar catástrofes, diseñar incentivos y mejorar condiciones materiales. Todo eso importa, sin alcanzar. Hace falta un lenguaje capaz de decir que la vida vale la pena y que el mundo, con todo su peso, todavía puede ser amado. Y capaz de expresar, como proponen Berg y Wiseman, que tener un hijo no es recibir algo sino darlo, ponerse al servicio de una vida que no es la propia, sin garantías de retorno.
Tal vez la novedad sea esa. No que Sileno tenga más razón que antes. La novedad es que una parte creciente de la humanidad parece haber olvidado cómo responderle.
Ivan Petrella es filósofo
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Irán, inesperado link entre el Mundial y Homeland
Con la posibilidad de sincronía inmediata que solo puede dar la “atención trastornada” (el concepto es de Claire Bishop en su muy recomendable ensayo traducido por Caja Negra) pasa de forma fugaz un reel posteado en X donde Claudia Sheinbaum hace un anuncio sobre la participación de Irán en la inminente Copa del Mundo 2026. Fugaz se diría aquí de reojo: el smartphone informa desde la mesa ratona, mientras por el streaming fluye la tercera temporada de Homeland (2011-2020), serie de revisión recomendada en la actual coyuntura geopolítica. En el videíto, con su estilo seguro y altivo, de rodete tensado por las fricciones de la historia misma, la premier mexicana le dice a quien quiera oírla que si la selección de Irán no es bienvenida en las sedes de Estados Unidos, pues (palabra que en México parece querer decir mucho más) que se queden en su país, el más austral de los tres organizadores.
Un minuto después de la distracción o el “trastorno”, hay un giro inesperado en el guion de la serie, en el que se entremezclan la historia de los mundiales, de la tecnología, de la política exterior norteamericana y, al fin, la ficción y la realidad. Siguiendo los movimientos bancarios por detrás del 12-D (un atentado con coche bomba que se lleva puesta a casi toda la cúpula de la CIA), una analista de origen árabe que trabaja para la agencia sigue la pista de la cuenta de un club de soccer en Caracas a nombre de un tal Nasser Hejazi. Su jefe, director interino de la CIA tras el atentado, enarca las cejas y, sorprendido, le responde que ese es el nombre del arquero de la selección iraní que participó en “el mundial de Argentina en 1978”. A los diez años, ese fue mi primer mundial vivido a pleno (del 74 los registros son borrosos y poco confiables, implantados, solo sabía que el password entonces era “Cruyff”) y la curiosidad me había convertido en un insoportable niño Odol que recitaba casi de memoria los 16 planteles repartidos en cuatro zonas. Si es por recordar el debut de Irán en los mundiales, el único nombre que resiste el delete de la memoria es el de Andranik Eskandarian, férreo defensor que siguió su ruta en el irreal Cosmos de Pelé. Sin embargo, sabiendo que Homeland juega todo el tiempo al borde del verosímil, era inevitable pausar el stream (horror del cinéfilo) y seguir la pista de la CIA de ficción en el Aleph de la realidad.
Y aquí está, en Wikipedia, con un flequillo bastante occidental, el retrato de Hejazi (nombre usado en la serie por el número 2 de la inteligencia iraní para despistar), quien no solo estuvo en el mundial 78 sino que, apodado “el águila de Asia”, es considerado el futbolista más importante de la antigua nación persa. Cuando participaron del Mundial 78 los iraníes representaban a un país gobernado por Rehza Pahlevi, el Sha, que, entronizado en 1967, sostenía un régimen pro-americano que en el debut frente a Holanda (bueno, ok, Países Bajos), con un 3 a 0 abajo en Mendoza, ya daba señales alarmantes de debilidad. Tanto el funcionario de la Revolución Islámica por detrás del 12-D como el legendario Hejazi (uno en la ficción, otro en la realidad) pasaron en un abrir y cerrar de ojos de aquel régimen a esta teocracia con la que Estados Unidos sostiene ahora mismo una guerra atravesada por la disputa con Israel en Medio Oriente.
Para cuando fue mencionado en la tercera temporada de Homeland, Hejazi (cuyas proezas no pudieron evitarle 8 goles contra Escocia, Holanda y Perú en el 78) llevaba dos años muerto. Su inesperada reaparición llega justo a tiempo. La serie volvió a las plataformas con el estrecho de Ormuz como centro de un mundo en el que las reglas parecen escribirse y borrarse con la fugacidad de un tuit. No solo las de la geopolítica, sino también las del fútbol, con su Mundial 2026 de tres países-sede, 48 selecciones (¡deben ser menos las que quedaron fuera!) y las novedosas cooling breaks (pausas de rehidratación). Al fin, Irán hará base en Tijuana y el Mundial podría parecerse un poco más a Homeland si los futbolistas persas, como agentes encubiertos de la Guardia Revolucionaria, tuvieran que tramitar falsos pasaportes para jugar en Los Ángeles y Seattle sus partidos de la primera ronda.
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